Escribiendo en un día malo

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Es sabido que tomar decisiones en momentos donde las emociones están alteradas, no es una buena idea. Elías tuvo un día malo y pidió que le quiten la vida (1 Re. 19:4), pero Dios tenía otros planes. De hecho, jamás debemos tomar decisiones basados en las emociones sino en la inteligencia. Pero ¿qué de escribir? A veces puede resultar provechoso para muchos, inclusive quizá sea la respuesta que alguien estaba esperando para confrontar el dilema por el que está atravesando.

La verdad es que David en varias ocasiones decidió escribir cuando estaba en situaciones de aprieto, depresión, angustia o limitaciones severas como en Sal. 55, 56, 57, entre otros. Todos somos favorecidos a leer esas porciones de la escritura. Entonces espero que esto sirva para algo similar, salvando la diferencia entre las experiencias sagradas de David y las mías.

Enfrentamos la amargura

Descubrir la vulnerabilidad del alma a veces requiere de un proceso de humillación personal que, en mi caso como pastor, incluye ver cómo lo que puedes haber predicado el último domingo en la iglesia aún precisa de varios kilómetros de rodaje para verlo hecho completamente parte de tu vida. No estoy hablando de predicar con hipocresía, sino de predicar sin señalarme a mí mismo lo suficiente antes de exponer la palabra de Dios públicamente. Pero es bueno. Hace falta. David dijo: “Bueno es para mí ser afligido, para que aprenda tus estatutos.” (Sal. 119:71). El aprendizaje de lo que Dios quiere de mí, muchas veces precisa de la aflicción para que llegue a ser parte integral de la vida. Y eso es necesario enfrentarlo, no hay opciones.

Almohada dura

Si no hay problemas físicos ni una cena pesada y te desvelas, es porque algo no está bien, y seguramente Dios tiene una lección preparada. Es como si la almohada hubiera perdido su confort para transformarse en un duro pedernal que hace imposible conciliar el sueño.

Y entonces comienzas a pensar y pensar. Te debates entre recuperar la integridad y el dolor engañoso de reconocer que pierdes lo que has estado abrazando y deseas pero que no agrada a Dios. El pecado es engañoso, el corazón es igual (Jer. 17:9) y busca desesperadamente justificar lo que no honra a Cristo.


Cuando te sorprende un texto bíblico certero, tu corazón grita como Juan en el mar de Tiberias, “¡Es el Señor!” (Juan 21:7).

Gracia sobre gracia

¿Qué pasa cuando has tenido el hábito de leer la Biblia todos los días durante años? Te levantas en la mañana luego de una noche pésima y sabes que un Dios de gracia tendrá una palabra para su hijo. Y llega rotundamente: “No dejes que mi corazón se incline a nada malo, para practicar obras impías” (Sal. 141:4) Cuando te sorprende un texto bíblico certero, tu corazón grita como Juan en el mar de Tiberias, “¡Es el Señor!” (Juan 21:7). Pero tengo ganas de seguir buscando excusas para no hacer lo que debo. Así es el corazón sin la dirección de Cristo.

En la tarde continué la lectura de un libro que en sus primeras páginas contenía un retrato de mí. Allí estaba yo y delante de mis ojos estaba la respuesta que terminó de rendir mi corazón a Jesús. Obedecer es descansar en la gracia. Obedecer es decir a Cristo: “Te amo”. Así de simple, no más resistencia. Ser vencido por el Señor es lo más hermoso que te puede pasar.

Y aunque el día haya sido manchado por la inestabilidad, las dudas y el infortunio; y aunque esto me haya generado una pérdida de tiempo y la tentación a acariciar un espíritu depresivo, la gracia fue contundente. Ahora lo escribo para que no me olvide, para que sea un salmo para mí y para otros a donde recurrir cuando tenga situaciones similares.

Recordar

Volver a las fuentes del recuerdo del obrar de Dios en el corazón es, por lo común, un buen hábito que nos ahorrará un sendero de soberbia y una pena más profunda. Escribe para que otros también lo lean, pero especialmente escribe para tu propia bendición.

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Una apariencia exterior no hará absolutamente nada para mejorar tu relación con Dios pero sí fomentará el orgullo y hará que tu corazón y tus ojos se transformen en la regla que dirige tu vida y tus decisiones.

Ricardo Daglio

Ricardo Daglio

Ricardo estuvo pastoreando por 16 años en Salto, Uruguay. Desde el 2008 pastorea la Iglesia Bíblica de Villa Regina (UCB) en Villa Regina, Río Negro, Argentina. Está casado con Silvina y tienen tres hijos: Carolina, Lucas y Micaela. Continúa su capacitación en el Instituto Integridad y Sabiduría.